Complementario (2)

julio 26, 2009

La primera vez que escuché sobre La Broma Infinita fue el 2003. Por supuesto: apenas sabía quién era David Foster Wallace (con suerte lo había leído en alguna mención de Zona de Contacto) y la novela me pareció demasiado frik y, claro, larga. Luego la vi en una librería a un precio monstruosamene grosero (50 mil pesos). Y eso fue todo. Hasta ahora…

En fin: este es el artículo que escribió Sergio Coddou en ese entonces:

En la selva del exceso

27 de Abril de 2003, Artes & Letras

Una obra ambiciosa, caótica, monumental y pantagruélica. Una especie de tragicómica ópera maximalista que da cuenta de la adicción, el entretenimiento y el deseo. Eso es “La broma infinita“.

SERGIO CODDOU

No sería extraño que muchos lectores ni siquiera se animen a comenzar la tarea de leer esta novela al ver la magnitud física del libro (más de 1.200 páginas, 200 de las cuales se componen de notas y erratas). Incluso se dio el caso de una crítica norteamericana que en su reseña del libro señaló explícitamente su negativa a leer tal mamotreto, pues éste sería un subproducto del marketing editorial que impone modas pasajeras en lugar de buena literatura. Craso error el de esta crítica, pero no sólo por la falta de rigurosidad y ética periodística, sino porque además David Foster Wallace premia al lector que se sumerge en su novela en prácticamente cada una de las páginas que componen este verdadero mamut literario.

La broma infinita (1996, editada en español el 2002 por Mondadori) es una obra ambiciosa, caótica, monumental y pantagruélica, que está construida mediante la superposición de distintas líneas argumentales, las cuales van lentamente hilvanando una especie de tragicómica ópera maximalista que da cuenta de la adicción, el entretenimiento y el deseo. El mismo Foster Wallace ha señalado que la novela está diseñada más como una obra musical que como un libro, y esto se constata al ver cómo distintas voces se turnan para contar una historia fragmentada y alucinante, pero antes que todo, terriblemente triste, que deja un sabor amargo, a pesar de que en muchos pasajes uno puede llegar a liberar sonoras carcajadas.

Un futuro “entretenido”

La historia se ambienta en los Estados Unidos, en un futuro cercano, donde la potencia mundial lidera la ONAN (Organización de Naciones Norteamericanas, compuesta también por sus vecinos Canadá y México). En el universo narrativo de Wallace, este es un país adicto a las drogas, el alcohol, los grupos de desintoxicación y autoayuda. Sin embargo, las principales adicciones de la nación, y la fuente de la que manan las otras adicciones, son el “entretenimiento” (que es considerado un bien esencial por gran parte de la población) y un consumismo hiperbólico, hasta tal punto que hasta el tiempo es subsidiado (la novela comienza en el Año de Glad -marca de productos plásticos- que correspondería al año 2008). Bajo el gobierno de Johnny Gentle, un ex crooner mediocre y obseso por la limpieza, los Estados Unidos han decidido establecer una vasta zona de su país, Nueva Inglaterra, como basurero de desechos tóxicos, al tiempo que obligan a sus vecinos de Canadá a anexar este estado a su territorio (lo que sería equivalente a dejar la basura en el patio del vecino). Esto es posible mediante la firma del histórico tratado de Interdependencia, que da inicio a una nueva era, donde los viejos Estados Unidos pueden ser vistos como una ruina enterrada bajo el sedimento metafórico del nuevo capitalismo que pretende perpetuarse ad infinitum sin medir consecuencias ni dar pie a críticas.

Dentro de este contexto delirante, que podríamos llamar “el patio de lo plausible” (sobre todo a la luz de los últimos acontecimientos que “reconfiguran” la situación del mundo actual), Foster Wallace introduce a sus dos personajes principales, que son quienes llevan la voz cantante en esta sinfonía desafinada por vocación. Hal Incadenza es un joven prodigio tenístico e intelectual que ha memorizado completamente el Diccionario Oxford de Lengua Inglesa (valga entonces la asociación con el computador HAL de Odisea del Espacio), que reside en la Academia Enfield de Tenis, en los suburbios bostonianos, la cual fue fundada por su difunto padre, James Incadenza, también prodigio tenístico en su juventud, genio de la óptica, cineasta vanguardista y alcohólico redomado, quien se suicida metiendo su cabeza en un horno microondas. Por otro lado, está la historia de Don Gately, un gigantesco ex convicto, adicto a las drogas, ratero y matón de un mafioso de las apuestas, que intenta redimirse y desintoxicarse de su oscuro pasado mediante una intoxicación en el vacuo mundo de clichés y eslóganes trillados de Alcohólicos Anónimos y otros grupos de autoayuda, en la Ennet House, hogar de rehabilitación para Drogadictos y Alcohólicos, ubicado en las inmediaciones de la Academia Enfield, y cuyo Dios particular, o Gran Poder, se reduce a una imagen del techo de turno que lo cobija. Alrededor de estos personajes, Foster Wallace va articulando una galería de personajes que bien se pueden emparentar con las demenciales “whole sick crew” que habitan en algunas de las novelas de Pynchon, grupúsculos delirantes que descansan bajo las capas superficiales de la sociedad en pos de objetivos tan subversivos como ridículos.

La broma infinita es, como dije, principalmente acerca de la adicción. Prácticamente todos los personajes padecen una adicción y están encerrados en esta prisión de la voluntad. Estados Unidos es presentado aquí como un país que se está suicidando por exceso de entretenimiento. La droga, el alcohol, la televisión (que se “disemina” mediante un complejo mecanismo de “cartuchos”, que permiten tener acceso a casi infinitas alternativas de entretenimiento, y que se insertan en los “teleordenadores” domésticos, especie de centro gravitacional sobre el cual se organiza la vida moderna) y el entretenimiento van derivando a cada uno de los personajes de la historia hacia distintos grupos de autoayuda y pequeñas tribus urbanas donde buscarán identificarse con sus compañeros de padecimientos. En medio del escenario norteamericano “reconfigurado” por el nuevo gobierno “interdependiente” (cada año “subsidiado” se celebra el “día de la interdependencia”, la más novedosa mascarada de la historia) aparece una amenaza, el enemigo interno de esta sociedad fragmentada (cuyos hilos son manejados por un pequeño grupo de líderes políticos, empresarios del entretenimiento y publicistas): el samizdat, “La broma infinita”, filme póstumo, inédito e inacabado dirigido y concebido por James Incadenza, un entretenimiento tan adictivo como peligroso, que es capaz de dejar catatónicos o incluso matar a sus espectadores, dejándolos sumergidos en el auto-olvido más flagrante que desemboca inevitablemente en la “muerte en vida”, el estado vegetativo, la “anhedonia” hiperbólica que mata todo deseo ajeno a la observación continua del mentado “cartucho”. El filme es diseminado de manera anónima, aunque los principales sospechosos son las facciones terroristas de Quebec, y entre ellas, Les Assasins des Fauteuils Roulants (los Asesinos de las Sillas de Ruedas), secta de sicarios mutilados que amenazan a los gobiernos ONANistas (valgan las asociaciones semánticas), por lo que tanto el gobierno, mediante la “Oficina de Asuntos No Especificados”, como las facciones anárquicas terroristas tratan de buscar la copia original (unos para diseminarla de manera masiva y otros para ver la posibilidad de encontrar un “antídoto” a ésta y/o evitar la diseminación).

Los abismos humanos

Las historias de Hal y Gately se engarzan mediante la aparición de un tercer personaje, Joelle Van Dyne, la “Mujer Más Linda de Todos los Tiempos” (MMLDTLT, Wallace “sigla” conceptos, formando un nuevo léxico reduccionista), una ex cheerleader tan hermosa (“soy tan hermosa que soy deforme”) que quienes la ven sólo quieren seguir admirándola. Joelle es ex novia de Orin Incadenza (hermano mayor de Hal, pateador estrella de los Cardinals de Arizona), protagonista del letal filme póstumo de James Incadenza, y luego de ser rociada en el rostro con un mortal ácido por su padre, se cubre el rostro con un velo, se une a una secta de personas abominablemente feas o deformes e ingresa a la Ennet House para curarse de su adicción a las drogas. Es allí donde se relaciona cuasi-sentimentalmente con Don Gately, quien a esas alturas es uno de los funcionarios encargados del orden dentro de la institución.

Tanto la Academia de Tenis como la Ennet House y todas las instituciones de autoayuda (como Alcohólicos Anónimos, comunidad que es disectada narrativamente con maestría por el autor) sirven para que Foster Wallace haga una irónica crítica a la cultura desde adentro, reconociendo la capacidad humana para caer en el abismo más profundo del espíritu humano, y constatar la muerte del alma en la prisión del deseo, un deseo inidentificable, en tanto el mismo mundo que lo nutre es inidentificable, apareciendo como un constructor abstracto cuya imagen se ha evaporado.

Para los personajes de La broma infinita, el deseo por la intoxicación no es hedonista sino nihilista. Hay una voluntad escapista que gobierna la existencia de estos personajes, que más que saber qué y quiénes son, quieren saber qué o quiénes no son. De ahí su peregrinaje interminable por estos grupos en busca de un “hogar” donde identificarse con ese otro lado de su ser que está escindido de su individualidad. Wallace hace una vuelta de tuerca del principio de incertidumbre de Heisenberg, según la cual el observador es parte del fenómeno observado. En La broma infinita, el observador es lo observado. En “La broma” (no confundir con el samizdat), una de las películas de Incadenza, el cineasta define al mismo conjunto de personas tanto como espectadores y actores de su “drama encontrado”. Esto lo hace instalando una cámara que proyecta instantáneamente la imagen de los espectadores observando su propia imagen. El mundo aparece como un laberinto de espejos, donde el ser humano está en constante diálogo con la conciencia de su imagen y lo que ésta representa dentro del mapa de la realidad. Para Wallace “los jugadores no forman parte del maldito juego (…), forman parte del aparato del juego (…), forman parte del mapa”.

La filmografía de James Incadenza es “técnicamente espléndida, pero extrañamente vacía, vacua, sin sentido ni propósito dramático, sin movimiento emocional hacia una audiencia”, es la obra de una persona extremadamente inteligente que dialoga consigo mismo. El apodo con que los hijos se referían al padre es “Él Mismo” (Himself), y “La broma infinita” es la sátira, el testimonio de la “gracia infinita” (“infinite jest”) del difunto padre que se llevó su “broma” hasta la tumba, la cual está situada en los territorios de la Gran Concavidad, el megabasurero de los Estados Unidos de Gentle.

Citas y guiños

La novela está llena de guiños a Hamlet, partiendo por el título “Infinite Jest” (que es sacado del monólogo de Hamlet junto al cráneo de Yorick, el bufón de la corte; además, la obra de Incadenza es producida por “Poor Yorick Entertainment”), hasta la aparición del espectro de James Incadenza a un postrado Gately, quien, como el príncipe de Dinamarca, jamás cuestiona la veracidad de tal aparición. Pero estos guiños están ahí para reforzar el tinte que podríamos tildar de “auto-reflexivo” de la sátira de Wallace, donde muchos personajes fingen, o “fingen que fingen”, hundiéndose en un abismal laberinto de asociaciones lingüísticas e imaginarias ad infinitum (como las notas y erratas, y las notas y erratas a las mismas notas que inserta el autor, las que podrían seguir infinitamente hinchando semánticamente el texto, que se alza como una “figura sin forma / un gesto sin movimiento”, citando al Eliot de “The hollow men”). El verdadero laberinto es el solipsismo que habita en cada uno de los personajes, individuos que están escindidos de la sociedad porque están escindidos de sí mismos. Hay tantas imágenes de la realidad como conciencias, de ahí la imposibilidad de que haya una imagen que sea capaz de lograr una comunión entre los hombres. Como dice Hal: “En concreto, aquí hablamos de soledad”, y uno de los mecanismos de escape a esta soledad es la repetición, el auto-olvido mediante la repetición mecánica, el lenguaje de la máquina que permite hacer sin pensar, la alternativa a tener que estarse mirando el rostro con un gigantesco signo de interrogación superpuesto sobre la imagen proyectada por el cruel espejo.

El hombre es visto como una ínfima pieza (una entre muchas) de una maquinaria que funciona de manera imperfecta, con innumerables mecanismos fallidos, y como insignificante pieza que es, el individuo no sabe adónde va esta máquina, cómo funciona, ni cuál es el propósito de ésta, ni mucho menos cuál es su propia función dentro de ella. Es dentro de este contexto simbólico que Foster Wallace inserta al héroe que categoriza como “pos-posmoderno”, el héroe catatónico de la no-acción, el adalid anhedónico: “El héroe posmoderno era una parte heroica del rebaño, responsable de todo aquello de lo que formaba parte”; en cambio, “el héroe catatónico [es] el que está más allá de la calma, divorciado de todo estímulo”.

El libre albedrío es un espejismo que subyuga al individuo. Al individuo de Wallace se le hace creer que tiene una infinidad de alternativas para elegir, que escoger “libremente” el entretenimiento que más le acomode es un derecho, y que este derecho lo puede comprar en un cartucho con cuasi-infinitas alternativas de diversión, el cual contiene prácticamente todo lo que alguna vez ha visto cada uno de los habitantes del planeta en la historia de los medios visuales de comunicación. El mentado “poder del pulgar” (como símbolo de la supuesta libre-elección que ejercemos al operar el control remoto) es un poder falseado, en tanto el filtro que controla el albedrío son autoridades que sólo están preocupadas en perpetuar la lógica mercantilista: limitar y controlar el libre albedrío mediante la hinchazón de las posibilidades dentro de los ámbitos donde ellos quieren que éste se circunscriba. Gentle está allí para elegir por nosotros. “Tomen asiento, y disfruten del espectáculo”, parece ser el lema de la sociedad “reconfigurada” de la novela.

Un final interruptus

Enfermar la enfermedad, fingir que se finge, ésta es la imagen paradójica de una realidad inasible mediante el lenguaje o las representaciones imaginarias, que Wallace nos entrega con un tono satírico que no excluye su propia perspectiva como parte de este caos post-moderno (“Las sátiras por lo general son obras de gente que no tiene nada que decir”); en otras palabras, la novela de Wallace respira por la herida. Ver o no ver, he ahí el nuevo dilema, participar adormecido o adormecerse para escapar. El flujo continuo aletargante y la estasis son los componentes aparentemente opuestos, pero equivalentes de una ecuación absurda que define la vacuidad del individuo.El monstruo que acogota a Hal Incadenza (y en cierta forma también a Gately) es la mentira que no podemos descubrir, la basura que no tenemos dónde botar, que se queda ahí, los remanentes de una sociedad hinchada que no tiene dónde dejar los despojos. El final interruptus de la novela es el único final posible para auscultar el hambre del corazón humano en una época de consumismo exacerbado, diversiones hipnóticas, las drogas y sus complementarios programas de recuperación (la abstinencia opera en la novela como una mera mutación de la enfermedad), deportes de alta competencia y entretenimientos, donde todo esto es una ruta de escape que cumple una función idéntica: adormecer, distraer, aletargar. La insatisfacción se eleva como estatua en medio del exceso. Esa es la paradoja, la broma infinita, el misterio inexpugnable, que se repite todos los días, una y otra vez. La broma infinita nos habla para decirnos que no hay nada que decir. Algo absurdo, pero maravillosamente absurdo.

DATOS BIOGRÁFICOS


El autorDavid Foster Wallace nace en 1962 en Nueva York. Es contemporáneo de autores como Rick Moody, Jonathan Franzen, David Leavitt y William T. Vollmann. De niño fue, como Hal Incadenza, un eximio tenista y voraz lector. En 1986 se dio a conocer con The Broom of the System (que tuvo como génesis su tesis de grado). Tres años más tarde publicó un volumen de relatos, Girl with curious hair (“La niña del pelo raro”, Mondadori, 2000), el que lo catapultó dentro del grupo de las jóvenes promesas de la literatura norteamericana. Su obra cumbre, Infinite jest, publicada en 1996 lo consolidó como una de las voces esenciales de la literatura norteamericana de fines del siglo recién pasado, generando una avalancha de alabanzas e instalando a Wallace como figura de culto a la altura de Thomas Pynchon, William Gaddis o Dom DeLillo, con quienes es a menudo comparado (autores también proclives a parir “ladrillos” tan voluminosos como el de Wallace).

En los últimos años ha publicado A Supposedly Fun Thing I’ll Never Do Again (“Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer”, Mondadori, 2001) y Brief Interviews with hideous men (“Entrevistas breves con hombres repulsivos”, Mondadori, 2001). Actualmente combina su labor de escritor con las clases que dicta en el Departamento de Escritura Creativa en la Universidad Estatal de Illinois.

FICHA


David Foster Wallace”La broma infinita”(Traducción de Marcelo Covián, revisada por Javier Calvo). Mondadori, Barcelona, 2002, 1201 páginas.

El original se puede leer en el blog de Sergio acá.

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